Tomo prestadas estas palabras que el español Julio Anguita González, entonces Coordinador General de Izquierda Unida, pronunciara en un homenaje ofrecido en 1999 al escritor portugués José Saramago, Premio Nóbel de Literatura 1998.
Las he tomado por universales, por irrefutables y por contundentes. Y porque vienen a cuento, como que ni pintadas, ante el estado de indefensión que, en términos generales, ha padecido el patrimonio cultural en Venezuela.
Quiero hacer particular referencia al patrimonio edificado en el estado Aragua, tal vez uno de los de tipología más diversa del país, pero también uno de los más desasistidos, por decir lo menos.
Sin necesidad de salir de Maracay y sus inmediaciones, podría llenar un año completo de entradas comentando casos específicos de agresión a las edificaciones y manzanas que nos identifican como parte de un colectivo con características propias; una agresión que no sólo se manifiesta, en casos extremos, en su desaparición física, sino también en su desvalorización y en la pérdida de su significación como patrimonio cultural.
Me mueve hoy, sin embargo, la lamentable situación de la Casona de la antigua Hacienda La Trinidad, ubicada al lado este de la avenida Universidad, vía que conecta Maracay con la población de El Limón, capital del municipio Mario Briceño Iragorry.

Aspecto de la Casona de La Trinidad hacia 1960 (foto cortesía de Carlos Medina).
Por medio de una desconsolada llamada telefónica he sido informado del presunto derrumbe total del techo del inmueble y del muro norte del mismo, supuestamente debido a la onda expansiva de las recientes explosiones ocurridas en CAVIM. Y hablo de presunciones y suposiciones porque no he corroborado con mis propios ojos ni la veracidad ni las dimensiones del posible daño, no por no querer, sino porque dicha edificación no es de acceso público.

Aspecto de La Casona en 2000. El inmueble, en estado de abandono, había sufrido ya la pérdida de su ala este a causa de un incendio.
Puedo, en cambio, porque me consta, afirmar que el colapso de este bien cultural ya era previsible y cercano, bien por causa de factores naturales o bien como consecuencia de la actividad humana, tal como fuera advertido insistentemente, al menos hasta 2007, a numerosas instituciones involucradas de algún modo en su salvaguardia y su puesta en valor.
Las últimas acciones significativas realizadas sobre este inmueble de las cuales tengo noticias se efectuaron en 2002 y 2003, gracias a las gestiones de la Asociación Civil “Hacienda La Trinidad” ante los organismos competentes, así como al decidido apoyo del entonces Alcalde de Mario Briceño Iragorry, Lic. Pedro Maurera.
En 2002 se llevó a cabo el diagnóstico Casa La Trinidad. Monumento Histórico. Estado Aragua, por mediación del entonces Ministerio de Infraestructura- MINFRA (organismo que aportó y administró los recursos) y bajo la responsabilidad de la Arqº restauradora Ileana Vázquez. En la asistencia técnica participaron los arquitectos Diana Varón y Orlando Araque, este último además coordinador general de un equipo interdisciplinario de trabajo que contó con otros siete profesionales. Producto de este esfuerzo es un profuso y variado conjunto de textos, gráficos e imágenes fotográficas que dan cuenta de la evolución arquitectónica, de los materiales constructivos y estructurales, de los detalles ornamentales y del deterioro del monumento al 2002, año de realización del estudio.[1]
Entre sus recomendaciones, el mencionado diagnóstico señalaba la consolidación provisional de la casona, lo cual fue atendido en 2003 con el desarrollo del proyecto Obras para el apuntalamiento de la Casa La Trinidad de Tapatapa, a cargo de la Arqº restauradora Anna María Monzón y con aporte del Fondo Intergubernamental para la Descentralización- FIDES, administrado por la Alcaldía de Mario Briceño Iragorry.
Gracias al desarrollo en 2003 de este proyecto se consolidó y protegió en forma provisional la estructura del inmueble, significativamente afectada por factores de deterioro biológicos (insectos xilófagos), físicos (humedad y fuego) y antrópicos (vandalismo, socavación). Las actividades consistieron en una limpieza general con clasificación y almacenamiento de los materiales sueltos, el apuntalamiento de la estructura en ambos pisos de la edificación, la colocación de una cubierta provisional en las áreas donde faltaba la original para preservar muros y elementos constructivos y ornamentales, y la demolición de la losa tipo zen-zen existente en las habitaciones del anexo posterior de la casona. Una vez culminadas las obras de consolidación temporal de la Casona -previas a su esperada restauración- éstas fueron inspeccionadas por un equipo técnico del Instituto del Patrimonio Cultural y por el entonces presidente de ese organismo, Arq° Pedro Romero.

Vista del apuntalamiento en uno de los corredores de la segunda planta de La Casona (2003).
En 2007, y en razón de un evidente descuido por parte de los encargados de su custodia y salvaguardia, los efectos beneficiosos de estas acciones habían caducado y vuelto la casona a su habitual estado ruinoso, sujeto de actividades vandálicas traducidas en sustracción de soportes y láminas de la cubierta provisional, cuando no de elementos constructivos y decorativos de la edificación.
En ese año, sin embargo, todavía podía hablarse en términos de restauración del bien. Hoy día -dependiendo del grado de los daños más recientes- habrá que hablar, mucho me temo, de consolidación de sus ruinas. ¡Y todo en un lapso de apenas cuatro años!
Esta circunstancia es tanto más deplorable cuando se considera el hecho de que el día 25 de septiembre de 2007, con ocasión de la apertura de la Aldea Bolivariana del municipio Mario Briceño Iragorry en un área cercana a la Casona, el Presidente de la República llevó a cabo su programa Aló Presidente, donde, expresamente, ordenó el inicio de las labores de rescate de la edificación. Dichas labores, según reporta el diario El Siglo en notas informativas del 02 y 03 de octubre de 2007, se realizarían por etapas e incluirían el “remozamiento general de la casona [y] obras de restauración de lugares emblemáticos, [así como de] la… pintura de la Santísima Trinidad… que el primer mandatario… recibirá en sus propias manos, en la sede del Palacio de Miraflores, mientras se realizan las labores en la infraestructura”. También señalaban las notas que se estaría preparando un proyecto para convertir dicho monumento histórico en un museo.

Estado del cuadro de la Santísima Trinidad en 2001. Óleo sobre tela, de 210 x 133 cm., y de autor y fecha desconocidos.
Ignoro en qué paró todo esto, y lo que es peor, ni siquiera sé del paradero actual de la mencionada pintura, la cual alguna vez presidió el oratorio de la Casona y fue rescatada en 2001 de un almacén del IEE Padre Leyh, sometida a la experticia del Instituto del Patrimonio Cultural y del Museo de Arte Contemporáneo Mario Abreu (MACMA), y colocada a buen resguardo en un espacio administrativo de la mencionada institución educativa.

Vieja fotografía del oratorio de la Casona de La Trinidad. El cuadro de la Santísima Trinidad ocupaba un lugar predominante.
Supongo que, a la luz de la actual situación de la Casona, el proyecto de conversión del inmueble en museo no pasó del entusiasmo inicial, y ni qué hablar del remozamiento y obras de restauración, etcétera, etcétera, etcétera.
¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo encontrar la lógica al implacable y pertinaz desamparo de este inmueble, cuyo carácter tipológico y contexto histórico determinaron su declaratoria como Monumento Histórico Nacional en 1991 (Gaceta Oficial N° 34.630)? ¿Cómo entender la desidia de quienes lo tienen a su cargo, y que por ley están obligados a su custodia y salvaguarda?
Podría sugerir diversas razones, producto bien de factores de carácter informativo y/o ideológico, o bien de intereses personales o institucionales. En todo caso, no hay que perder de vista que el inmueble perteneció, entre otros, a dos personajes que no son bien vistos por la historiografía oficial: al veleidoso Antonio Fernández de León -marqués de Casa León-, unas veces afecto y otras opuesto a la causa independentista, y al dictador (uso aquí el sentido estricto del término) Juan Vicente Gómez, a quien, nos guste o no, Maracay debe su singularidad urbana y su capitalidad. Tampoco puede pasar desapercibida la estratégica ubicación de los terrenos que tienen la Casona como centro cohesionante y posiblemente como factor decisivo en la determinación de su uso futuro.
Pareciera finalmente claro el desconocimiento -o por lo menos la subestimación- de la Casona como centro gravitacional de un conjunto diverso de bienes culturales existentes en su entorno inmediato y que incluyen obras de infraestructura de los siglos XVIII, XIX y XX, espacios de interés arqueológico, vestigios de pasadas actividades productivas, colecciones vivas de especies vegetales e instalaciones educativas y deportivas.
Por el particular interés que posee, este aspecto de la Casona como “epicentro patrimonial” será tratado con mayor amplitud en una próxima entrada. Es en cambio impostergable subrayar aquí el tremendo contenido histórico de este monumento y sus instalaciones:[2]
> Este inmueble comenzó a construirse en 1740 con el Capitán Nicolás Brito, dueño de las tierras. Hasta 1935 sus sucesivos dueños fueron, además del Capitán Brito, Rosalio Díaz,[3] Antonio Carrera, Antonio Fernández de León (marqués de Casa León), José Antonio Páez, Familia Palacio, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. A raíz de la muerte de este último, la Casona y las tierras de la hacienda pasaron a manos del Estado.
> En la Casona de la hacienda La Trinidad tuvo lugar, el 19 de mayo de 1812, la denominada Conferencia de Tapatapa, conocida también como “la conspiración de los mantuanos”, a la cual asistieron Francisco de Miranda, Juan Germán Roscio, José Vicente Mercader, Francisco Talavera y otros.
> Fue sede del Cuartel General del Generalísimo Francisco de Miranda durante la Primera República, y centro de los sucesos que determinaron la caída de ésta, al constituir el escenario de las negociaciones y la redacción de la Capitulación de Miranda, acordadas entre el marqués de Casa León y el Capitán realista Domingo Monteverde. (Ver "NOTA POSTERIOR A LA PUBLICACIÓN DE ESTA ENTRADA").
> Sus instalaciones sirvieron de alojamiento transitorio a los primeros inmigrantes alemanes traídos por Agustín Codazzi, invitados por el entonces Presidente de la República y dueño de la hacienda, general José Antonio Páez. De allí partieron hacia el sitio donde fundarían en 1845 lo que hoy se conoce como Colonia Tovar.
> Perteneció y/o recibió en sus espacios a figuras protagónicas en la historia nacional de la Primera, Segunda y Tercera Repúblicas, como el marqués de Casa León, el Generalísimo Francisco de Miranda, el General José Antonio Páez, el General Cipriano Castro y el General Juan Vicente Gómez, así como a distinguidos personajes extranjeros como el barón Alejandro de Humboldt, Juan Bautista Boussingault y Sir Robert Ker Porter.
> Es una de las casas de hacienda más antiguas del país que aún se mantienen en pié y, sin duda alguna, una de las casas de hacienda más influyentes, a nivel nacional, en los hechos históricos de la gesta independentista.
> Es interesante ejemplo de la arquitectura colonial rural en el país, por la singularidad de sus aspectos y detalles constructivos, y uno de los tres únicos vestigios coloniales relevantes en la ciudad de Maracay y su entorno inmediato.
> Sus instalaciones fueron ampliándose al correr del tiempo hasta transformarse en un vasto conjunto arquitectónico, particularmente entre 1924 y la década de 1970, período en que la Casona y sus alrededores estuvieron concedidos en comodato a la Congregación Benedictina de Saint Lucien. Comenzó a funcionar como “Refugio Infantil de Varones”,[4] denominación que cambió en 1945 a “Colegio Padre Leyh”, y más tarde a “Instituto de Educación Especial Padre Leyh”, aún activo.

> La hacienda La Trinidad fue la más próspera de los valles de Aragua con el cultivo del añil y su exitosa explotación comercial. Este producto llegó a ubicarse dentro de los de mayor calidad mundial, y a constituirse, entre 1760 y 1805, en el segundo rubro de generación de ingreso externo para el país, después del cacao. En esta hacienda se introdujeron y se explotaron los rubros y las técnicas de producción agropecuaria más avanzadas durante las diferentes etapas de su historia.
Ante este rosario de argumentos, no entiende uno la escasa atención que se ha dado a la Casona. Si así acontece con este Monumento Histórico Nacional, declarado en Gaceta Oficial y protegido por una ley especial, ¿qué quedará para otros inmuebles que, si acaso, han sido registrados como bienes culturales en un censo de patrimonio,[5] y que apenas cuentan para su resguardo con una Providencia Administrativa? ¿Cuál será en los años venideros el destino, ya hoy precario e incierto, de los testimonios de nuestra historia? ¿Será que los aragüeños estaremos condenados, quién sabe por qué confabulación perversa –¿de quiénes?, ¿por cuál motivo?, ¿con qué fines?- a transformarnos en una comunidad de seres sin memoria… de muertos vivientes?
(escrito con tristeza, a una jornada apenas de la primera celebración del Día de la Aragüeñidad)
NOTAS:
[1] ARAQUE, Orlando (coord.). (2003). Casa La Trinidad. Monumento Histórico. Estado Aragua. [Documento en DC]. Disponible: Ministerio de Infraestructura-MINFRA. El Limón, estado Aragua.
[2] Asociación Civil “Hacienda La Trinidad”. (2004). Propuesta de puesta en valor del Sector “La Trinidad”: Núcleo de Desarrollo Endógeno “Hacienda La Trinidad”. Disponible: http://haciendalatrinidad.org.ve/home.php [Consulta: Febrero 10, 2011].
[3] Botello, Oldman. (2007). Toponimia antigua de Maracay: Calles, plazas, esquinas, casas, sitios. Maracay: Concejo Municipal de Girardot.
[4] Botello 2007. Op.cit.
[5] I Censo del Patrimonio Cultural Venezolano (2004-2006).
NOTA POSTERIOR A LA PUBLICACIÓN DE ESTA ENTRADA:
En su obra "Los Valles de Aragua y la declaración de independencia", escribe Pedro Modesto Bolívar (2011, Colección Pembol N° 45, p.73), lo siguiente:
Sobre el lugar exacto donde el Precursor tuvo la sede de dicho Cuartel General en dicha ciudad de Maracay, muchos investigadores han opinado que fue en la casa del Marqués de Casa León, ubicada sobre una pequeña colina vía El Limón, jurisdicción para entonces de Maracay, hoy del Municipio Mario Briceño Iragorry.
No obstante, de acuerdo con las correspondencias despachadas por Miranda desde Maracay, por una de ellas, se puede inferir que el sitio donde se hallaba con su Estado Mayor y sus tropas, no era en la citada casa de dicho Marqués, sino en la casa hoy mal llamada del "Marqués del Toro", en la hacienda El Rincón de Güey o Tapatapa [entonces en las afueras de Maracay, al oeste de dicho poblado], pues en una carta de fecha 16 de mayo de 1812, el Generalísimo al dirigirse al Dr. Francisco Espejo, que se hallaba en La Victoria, le recuerda sobre los puntos principales que tratarían en una reunión, para la cual habían sido invitados el Poder Ejecutivo y el Legislativo, haciéndole hincapié en que "Deseo vivamente se verifique cuanto antes esta conferencia sobre el cual escribo de oficio, para que en lugar de San Mateo, sea más bien este Cuartel General, pues mi presencia aquí es importantísima y peligrosa la separación; en este último caso podríamos reunirnos en la casa de Dn. Antonio León (Marqués Casa León) donde habría tranquilidad y desahogo, y yo estaría al alcance de las principales atenciones que ahora me ocupan"...
[A partir de esta inferencia de Pedro Modesto Bolívar, podría asimismo colegirse que si bien el Cuartel General pudo haber sido instalado en la hacienda El Rincón de Güey o Tapatapa, la referida reunión -celebrada tres días después de la carta al Dr. Espejo, y donde se redactó y firmó el "Protocolo o Acta de Tapatapa" (op. cit., pp.75-77)- sí parece haber tenido lugar en la Casona de La Trinidad, tal como lo sugiriera el propio Francisco de Miranda. De hecho, este protocolo comienza como sigue: "En el Cuartel General de Maracay y sitio de la hacienda de la Trinidad de Tapatapa, a los 19 de mayo de 1812, 2° de la Independencia, reunidos los honorables y respetados ciudadanos"...]