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martes, 1 de febrero de 2011

Vida y muerte de Ezequiel Zamora

Hoy se cumplen 194 años del nacimiento de Ezequiel Zamora (1 de febrero de 1817). Hace algunos días, el 10 de enero, se conmemoró los 151 años de su muerte (1860). Su dimensión de venezolano ilustre fue reconocida con el traslado de sus restos al Panteón Nacional apenas doce años después de su fallecimiento. Actualmente su figura y significación es centro de discusiones historiográficas. Pero más allá de la controversia, destacan sus particulares dotes militares y la honesta pasión con que luchó por sus ideales de justicia e igualdad.

El texto que aquí transcribo fue leído, en carácter de Orador de Orden, hace ya cinco años, en ocasión de los 146 años de su deceso. En rigor, debí publicarlo en fecha más apropiada: el 10 de enero de 2010, o en su defecto, veintidós días atrás. Su contenido, sin embargo, no desentona del todo con la celebración de su natalicio.



Estatua ecuestre de Ezequiel Zamora, obra del escultor aragüeño Asdrúbal Figuera. Develada en 2003 y ubicada en la avenida Casanova Godoy de Maracay.

Texto leído el 10 de enero de 2006, en ocasión del 146 aniversario de la muerte de Ezequiel Zamora, ante el monumento a su memoria en Maracay, estado Aragua.


Ciudadanas, ciudadanos:

Hace 146 años moría en San Carlos Ezequiel Zamora, declarado “General del Pueblo Soberano” en septiembre de 1846, y “Valiente Ciudadano” en junio de 1859, promovido a General de División por el Gobierno Federal en febrero de 1859, y considerado “el primer caudillo de los movimientos sociales en el siglo XIX venezolano”.[1] Como corresponde en honor a este destacado compatriota, nos reunimos en torno al monumento que preserva su memoria a fin de destacar las cualidades y vicisitudes que alientan su recuerdo.

De la revisión de la literatura que documenta o que recrea su historia se extrae la imagen general de un personaje de origen humilde, de escasa instrucción y comerciante de oficio, que llega a la historia por razones casi personales. Se habla de su pertenencia al estrato de los “blancos de orilla”, se hace referencia a su persona como “el pulpero de Villa de Cura” (FUNDACIÓN POLAR 1997:325), se reitera como aserto la suposición de su antiguo biógrafo Laureano Villanueva de haber recibido una instrucción “por extremo rudimentaria”,[2] y se exalta desprevenidamente su ascenso de “obscuro comerciante de ganado” a “conductor de multitudes”.[3]

Parece oportuno comenzar por hacer notar que ya en 1951 el aragüeño Federico Brito Figueroa advertía sobre los criterios históricos prejuiciados e interesados que orientaban la historiografía nacional, “negadora de los grandes valores humanos que del pueblo vienen y por el pueblo mueren” (BRITO FIGUEROA 1951:13,40). Necesario también pareciera iniciar la reconsideración de datos y referencias sobre el origen y condición del personaje que empañan la percepción del mismo en su justa dimensión.

No cabe duda de que, durante su relativa corta vida, Ezequiel Zamora reunió con creces los méritos para convocarnos en este tributo anual a su memoria, como militar, porque demostró inusitadas dotes de estratega que no sólo mantuvieron en jaque a sus contrarios -aun en los momentos de derrota- sino que determinaron el triunfo de la Federación algunos años después de su muerte; pero sobre todo como ciudadano, por su reconocida virtud de vecino honesto, justo y desprendido, y por la firmeza y fogosidad creadora de su carácter, lo cual facilitó en el instante preciso la confianza requerida para la recepción masiva de las ideas liberales y para la convocatoria a la lucha a muerte y sin cuartel que significaron las llamadas “Revolución Campesina” (1846-1847) y “Guerra Larga o Federal” (1859-1863).

La ocasión es entonces propicia para reivindicar las raíces aragüeñas de nuestro homenajeado. Hasta en su nacimiento, Ezequiel Zamora parece estar marcado por las contingencias: de padre villacurano y madre maracayera, nació en la población mirandina de Cúa durante una temporada de autoexilio familiar por desavenencias políticas de su padre Don José Alejandro Zamora -a la sazón de convicciones monárquicas- con sus convecinos, en su mayoría simpatizantes de la causa emancipadora.[4] La mayoría de sus hermanos, y antes que ellos sus abuelos maternos y paternos nacieron en Aragua, y su vida como vecino villacurano se ha podido trazar desde los quince años de edad, viviendo ya con su hermana Carlota y su cuñado Juan Caspers, quienes se encargaron de su crianza, hasta que, frisando los treinta, el conocimiento de su existencia trascendió los límites provincianos.

A propósito de sus raíces, parece también interesante especular un poco acerca de la escasa instrucción que por lo común se le imputa sin mayor detalle, como dejando a la discreción del lector la apreciación de Zamora como un personaje de origen casi desconocido y con habilidades oratorias y militares prácticamente debidas a la Divina Providencia.

Al respecto vale la pena traer a colación el interesante sondeo genealógico de Oldman Botello, publicado en 1994 y mencionado como fuente bibliográfica en el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación POLAR (op.cit., p. 327). En su trabajo Botello nos remonta, por el lado materno, a los colonizadores Diego de Ovalle, Lázaro Vásquez y Alonso Díaz Moreno, y a bisabuelos con extensas fincas de cacao en Choroní; por el lado paterno, en tanto, a Don Juan Zamora de León, su abuelo, de origen canario y Oficial del ejército monárquico, alcalde de Villa de Cura en tres oportunidades y productor agropecuario de cierta holgura económica. También fueron alcaldes sus tíos villacuranos Juan Tomás y Mateo Zamora Pereira, el primero productor agropecuario y el segundo Oficial del ejército monárquico, como lo fueran Don Juan y José Alejandro, padre y hermano de aquéllos, este último, además, progenitor de Ezequiel Zamora (BOTELLO 1994:17-29).

Estos privilegiados orígenes socioeconómicos, aunados al matrimonio de sus hermanas y parientes con personas de cultura y prestigio como Juan Caspers, el abogado José Manuel García Correa y los próceres Capitán Venancio Rachadel y Coronel Francisco Guerrero, entre otros, permiten esperar en Ezequiel Zamora un nivel de instrucción más amplio y sólido que el que la historia oficial pareciera concederle, más allá del formalmente adquirido en la escuela, y sobretodo más allá del que haría presumir su dedicación temprana a los oficios de comerciante pecuario y de pulpero. Es dable por tanto suponer que su convincente y emotiva oratoria, así como su interés y sus habilidades en las ciencias militares podrían no encontrarse exclusivamente marcadas por la información aportada al respecto por sus cuñados y por el sello de la espontaneidad, como a primera vista sería deducible a partir de la lectura de las obras sobre el personaje más asequibles y consultadas.

Entrando ya de lleno en el tema que nos congrega, los primeros pasos firmes de Ezequiel Zamora para su ingreso a la historia nacional se inician con la creación del partido Liberal en 1840, cuyo discurso anti oligárquico acoge con un entusiasmo que le llevará a participar de manera activa y protagónica en la instalación de la “Sociedad Liberal de Villa de Cura” y como “elector” o “candidato” por el Cantón de Cura para las elecciones de 1846.

Seguros vencedores en la contienda, los electores por el partido Liberal son objeto de -sabotaje en varias localidades del país por parte del poderoso e influyente partido conservador, a lo cual no escapa Zamora, cuya nominación es objetada por la Asamblea Electoral correspondiente, negándosele además el derecho al sufragio, y, al responder físicamente a la evidente provocación, termina recluido por una noche en la cárcel local (BRITO FIGUEROA, op. cit., pp. 52-53).

Otro artilugio, aún más osado y terrible, fue urdido por los conservadores contra el líder del partido Liberal, Antonio Leocadio Guzmán: tras concertarse una entrevista en La Victoria entre éste y José Antonio Páez -el más conspicuo representante de la oligarquía-, y aprovechando la cercana ocurrencia de alzamientos espontáneos de campesinos, Guzmán fue acusado de “promover una insurrección contra la sociedad destinada a eliminar la esclavitud y hacer la comunidad de tierras”, reivindicaciones sobre las que, por lo demás, jamás se había pronunciado.[5] En consecuencia, fue hecho prisionero casi de inmediato, y ocho meses más tarde condenado a muerte, pena que fue conmutada por el entonces Presidente General José Tadeo Monagas en expulsión perpetua del territorio de la República (VILLANUEVA 1992, p. 127}.

Estos hechos impulsaron a Zamora a tomar definitivamente las armas el 7 de septiembre de 1846, sin mayor experiencia que la adquirida cuando dos años antes apoyara al Jefe Político del Cantón Cura para defender la sociedad contra un grupo de facciosos que atacaron la cárcel local y dieron libertad a los presos.

En una breve campaña, denominada “de la Sierra” y conocida como “Revolución Campesina”, Zamora hace sentir su sagacidad militar, desconcertando al ejército conservador, más numeroso y experimentado, con una efectiva “guerra de guerrillas”, hasta que fuera derrotado seis meses más tarde en el combate de “El Pagüito”, capturado en el pie del cerro “Juana Caliente” y condenado a muerte en Villa de Cura, pena que también conmuta el Presidente Monagas, el 5 de noviembre de 1847, en diez años de presidio en las mazmorras de San Carlos en Maracaibo (BOLÍVAR 2002, p. 33}. Su fuga de la cárcel de Maracay la noche del 22 de noviembre de 1847, planificada por su hermano Gabriel y otros allegados, le libra del largo suplicio que le aguardaba y, viviendo con otro nombre, logra evitar su recaptura hasta quedar legalmente en libertad gracias al Decreto de Amnistía expedido por el Presidente Monagas el 27 de enero de 1848.

Pasaría Zamora toda una década ejerciendo oficios civiles y militares diversos, y tras la renuncia del General José Tadeo Monagas en 1858 sufriría un nuevo acoso político, con un exilio obligado en Curazao, antes de volver a las armas en forma definitiva contra el poder establecido, el 22 de febrero de 1859, como Jefe de Operaciones del Ejército Federal de Occidente, en la llamada “Guerra Larga o Federal”, declarada tan sólo dos días antes.

En su proclama del 29 de marzo de 1859, en San Felipe, se hace patente la firme disposición de Zamora a inmolarse por los preceptos federales, ciertamente por él enriquecidos, y a incentivar la corresponsabilidad en la lucha (BRITO FIGUEROA 1951, p. 114):

…”Pueblos del Occidente! Ha llegado el momento de vuestro pronunciamiento: proclamad el evangelio práctico de los principios políticos, la igualdad entre los venezolanos, el imperio de la mayoría, la verdadera república, la FEDERACIÓN!
El Ejército Federal será la vanguardia en esta cruzada de gloria. Triunfará la bandera de la Federación o me veréis sucumbir bajo las bayonetas del centralismo de la tiranía”…


No pasaría mucho tiempo antes de que las palabras de esta proclama demostraran su poderoso contenido profético.

Ezequiel Zamora hace gala de madurez política y militar con la puesta en marcha del proyecto de un país federal y con el resonante triunfo en la “batalla de Santa Inés”, librada el 10 de diciembre de 1859, en la que despliega nuevamente sus sobresalientes cualidades de estratega y asesta un golpe decisivo al ejército conservador, allanando el camino hacia la toma de Caracas, fatal y repentinamente truncada. Dicho ejército no se repondrá a pesar de la derrota final de las tropas federales en la “batalla de Coplé” después de la muerte de Zamora, ocurrida el 10 de enero de 1860, en circunstancias no del todo claras.

Esta derrota no evitó el control político de la Federación, que conquista el poder no sin antes suscribir con los conservadores, el 22 de mayo de 1863, el llamado “Convenio de Coche”, que algunos autores consideran un escamoteo a los anhelos fundamentales del pueblo, tal como ya había ocurrido con la Guerra de Independencia, y como ocurriría luego, con demasiada frecuencia, a lo largo de la historia contemporánea de Venezuela.

Los restos de Zamora reposan en el Panteón Nacional desde el 13 de noviembre de 1872, en reconocimiento sorprendentemente puntual a su excepcional aporte, no por todos compartido.

A la luz de nuestros días y del período histórico que nos ha tocado vivir, la sacrificada dedicación de Bolívar y de Zamora mantiene abierto el paréntesis de su plena justificación y sentido. Corresponde a nosotros, los venezolanos de ahora, la oportunidad de cerrar ese paréntesis con honor y satisfacción contribuyendo efectivamente al cumplimiento de las metas de inclusión social y de justicia, de solvencia moral, de desarrollo político y económico, y de verdadera independencia que ambos próceres soñaron y procuraron, cada uno a su manera.

No resta más que dejar la inquietud en el aire: ¿Nos encontramos hoy a la altura de semejante compromiso?

Ciudadanas, ciudadanos, muchas gracias.




Fuentes:

[1] FUNDACIÓN POLAR (ed.). (1997). Diccionario de historia de Venezuela. Caracas: Editor, p. 325
[2] VILLANUEVA, Laureano. (1992). Vida del valiente ciudadano General Ezequiel Zamora. Tomo I. Caracas: Monte Ávila Editores, p. 26.
[3] BRITO FIGUEROA, Federico. (1951). Ezequiel Zamora. Un capítulo de la historia nacional. Caracas: Editorial Ávila Gráfica, S.A. Colección Prisma Nº 3, p. 48.
[4] BOTELLO, Oldman. (1994). Genealogía del General Ezequiel Zamora. Apuntes para su estudio. Villa de Cura: Asamblea Legislativa del estado Aragua. p.11.
[5] BOLÍVAR B., Pedro Modesto.(2002). El General Ezequiel Zamora en los Valles de Aragua. A 185 años de su natalicio. Maracay: Centro de Historia del estado Aragua. Colección PEMBOL Nº 32. p. 15.



NOTA: La fotografía de la estatua de Ezequiel Zamora fue tomada del Catálogo del Patrimonio Cultural Venezolano de los municipios Girardot y Francisco Linares Alcántara (AR 03-17), publicado en 2006 por el Instituto del Patrimonio Cultural (p. 217).

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